
No fue solo un concierto de Abraham Mateo. Fue también la confirmación de que el Auditorio de Castrelos ha dejado de ser un escenario asociado exclusivamente a los artistas que marcaron otras décadas para consolidarse como un espacio capaz de atraer a una nueva generación de espectadores sin perder su esencia popular.
La transformación comenzó incluso antes de que sonara la primera canción. Bastó la aparición del cantante gaditano sobre el escenario para que miles de teléfonos móviles iluminaran las gradas y buena parte del público se pusiera en pie. Durante cerca de dos horas, Castrelos fue más una pista de baile al aire libre que un recinto sólo para escuchar música.

A bailar
Abraham Mateo construyó un espectáculo pensado para no perder intensidad en ningún momento. El repertorio avanzó sin apenas pausas, enlazando coreografías, cambios de iluminación y una puesta en escena donde el baile tuvo tanto protagonismo como las canciones. El pop latino, la música urbana y el dance convivieron en una actuación diseñada para mantener al público en movimiento de principio a fin.
La respuesta fue inmediata. Cada uno de sus éxitos provocó una sucesión de gritos, saltos y pantallas grabando cada instante. Las primeras filas estaban ocupadas mayoritariamente por seguidores jóvenes, mientras en las gradas familias enteras compartían el espectáculo. Esa convivencia entre generaciones sigue siendo una de las principales singularidades de Castrelos: un mismo concierto puede vivirse de formas distintas, pero difícilmente deja indiferente a quien asiste.

El artista pertenece a una generación acostumbrada a entender el espectáculo como una experiencia visual permanente. Cada canción incorporó una coreografía, cada transición buscó mantener la atención y cada movimiento parecía pensado para un público que consume buena parte de la música a través de las redes sociales. Sin embargo, el directo volvió a demostrar que hay algo que ninguna pantalla puede sustituir: miles de personas cantando al mismo tiempo convierten cualquier éxito conocido en una experiencia diferente.
Lleno total
Las laderas del auditorio ofrecieron, una vez más, una de las imágenes más reconocibles del verano vigués. Desde allí muchos apenas distinguen los detalles del escenario, pero siguen acudiendo porque Castrelos nunca ha sido únicamente un lugar para ver conciertos. También es un espacio de encuentro donde la ciudad convierte cada actuación en un acontecimiento colectivo.

El concierto de Abraham Mateo confirmó, además, la evolución que ha experimentado la programación del ciclo de verano. Durante años, el prestigio del auditorio se apoyó principalmente en artistas consolidados con un público fiel desde hacía décadas. Hoy esos nombres conviven con otros capaces de movilizar a quienes han crecido escuchando música en Spotify, viendo vídeos en YouTube o siguiendo a sus artistas favoritos en TikTok. Lejos de romper con su historia, Castrelos la ha ampliado.
Ese probablemente sea el principal mensaje que dejó la noche. El éxito del cantante gaditano no solo se mide por la respuesta de sus seguidores, sino por la capacidad del auditorio para seguir renovando su público sin perder la identidad que lo ha convertido en uno de los grandes escenarios populares del verano gallego. Mientras miles de personas abandonaban el recinto al término del concierto, la sensación era precisamente esa: Castrelos sigue siendo el mismo, pero su público ya no es el de hace veinte años.
