
El calor suele convertirse en el sospechoso habitual de muchas de las molestias que aparecen durante el verano. El abdomen se hincha, las piernas pesan al final del día, las digestiones se hacen más lentas y después de una comida abundante aparece el cansancio. Pero no todo tiene que ver con las altas temperaturas.
Durante las vacaciones también cambian los horarios y, con frecuencia, la alimentación. Aumentan las comidas fuera de casa, el consumo de alcohol y refrescos, los fritos, los helados y otros productos ultraprocesados. También es habitual comer más cantidad, picar entre horas o beber menos agua de la necesaria.
Todos estos cambios pueden repercutir en la salud digestiva y explicar parte de las molestias que muchas personas experimentan durante el verano.
«La mayoría de las personas piensa que el calor explica por sí solo el cansancio, la hinchazón o la sensación de pesadez que aparecen en verano. Sin embargo, con mucha frecuencia vemos en consulta que el intestino también está detrás de estos síntomas», explica la doctora Malena García Arredondo, gastroenteróloga, fundadora y directora de MGA Healthy Digest.
La especialista apunta que una alimentación con exceso de ultraprocesados, alcohol y azúcares puede alterar la microbiota intestinal, dificultar la digestión y contribuir a procesos inflamatorios.
El intestino, además, mantiene una relación estrecha con otros sistemas del organismo, incluido el sistema inmunitario, el metabolismo y el cerebro, a través del denominado eje intestino-cerebro. Por eso, algunos problemas digestivos pueden acompañarse de síntomas que van más allá del abdomen.
Estas son siete señales a las que prestar atención.
1. Hinchazón abdominal durante todo el día
Es una de las molestias digestivas más habituales. La distensión abdominal no equivale necesariamente a retención de líquidos y puede tener múltiples causas.
Las comidas copiosas, las bebidas con gas, el alcohol, el exceso de sal y determinados carbohidratos fermentables pueden favorecer la aparición de gases y aumentar la sensación de abdomen hinchado.
«Muchas personas confunden hinchazón abdominal con retención de líquidos. Son procesos distintos y, en numerosas ocasiones, la sensación de abdomen inflamado tiene mucho más que ver con cómo está funcionando el intestino que con el calor», señala García Arredondo.
2. Cansancio después de comer
La somnolencia después de una comida abundante no es necesariamente un signo de enfermedad. Sin embargo, puede resultar más intensa cuando las comidas son especialmente copiosas o ricas en grasas.
Durante el verano, además, el calor puede contribuir a aumentar la sensación subjetiva de cansancio. Si esta situación se repite con frecuencia y afecta a la vida diaria, conviene valorar otros posibles factores.

3. Sensación de niebla mental
La relación entre el intestino y el cerebro es objeto de investigación y constituye uno de los campos de estudio de la denominada conexión intestino-cerebro.
Algunas personas relacionan las digestiones pesadas con somnolencia, sensación de embotamiento o dificultad para concentrarse. «El intestino no funciona de manera aislada. Existe una comunicación constante con el cerebro y, cuando la digestión no marcha bien, muchas personas refieren falta de concentración, apatía o sensación de lentitud mental», explica la especialista.
No obstante, la falta de concentración o el cansancio también pueden tener muchas otras causas, desde la falta de sueño hasta la deshidratación.
4. Piernas pesadas y sensación de hinchazón
Aquí el calor sí tiene un papel importante. Las altas temperaturas provocan vasodilatación y pueden favorecer la aparición de sensación de pesadez en las piernas, especialmente en personas con problemas de retorno venoso.
Una alimentación con exceso de sal puede contribuir además a la sensación de hinchazón. Mantener una hidratación adecuada y moderar el consumo de alimentos muy salados puede ayudar, aunque las causas de la hinchazón de las piernas son diversas.
5. Más gases y digestiones lentas
Los horarios irregulares, comer deprisa, picar entre horas y aumentar el número de comidas fuera de casa son circunstancias frecuentes durante las vacaciones.
Estos cambios pueden alterar los hábitos intestinales y favorecer gases, sensación de digestión pesada o distensión abdominal.
Algunas frutas de consumo habitual en verano, como la sandía, el melón o el mango, contienen determinados carbohidratos fermentables que algunas personas pueden tolerar peor. Esto no significa que sean alimentos que deban eliminarse de la dieta: la tolerancia depende de cada persona y de la cantidad consumida.
6. Más hambre y ganas de dulce
Los refrescos, helados y otros productos ricos en azúcares añadidos pueden facilitar un consumo elevado de azúcar durante el verano.
El problema no está en tomar un helado de manera ocasional, sino en convertir estos productos en una parte habitual de la alimentación diaria durante semanas.
«El problema no es disfrutar de un helado de forma ocasional. Lo que realmente puede favorecer una alimentación desequilibrada es convertir este tipo de productos en una rutina diaria durante varias semanas», advierte García Arredondo.
7. Cambios en el aspecto de la piel
La alimentación, la hidratación, el consumo de alcohol y la exposición solar pueden influir en el aspecto de la piel. Una dieta desequilibrada y un consumo elevado de alcohol o productos ultraprocesados tampoco ayudan a mantener una alimentación saludable.
Pero una piel más apagada no debería interpretarse por sí sola como una señal de que existe un problema intestinal. El aspecto de la piel puede cambiar por numerosos factores y, si existe una alteración persistente, debe valorarse de manera individual.
La dieta mediterránea, el mejor punto de partida
No existen alimentos milagro capaces de «desinflamar» el organismo de un día para otro ni dietas exprés que puedan compensar semanas de excesos.
La estrategia más razonable pasa por recuperar una alimentación equilibrada basada en verduras, frutas enteras, legumbres, pescado, aceite de oliva virgen extra y frutos secos, junto con una hidratación adecuada.
Tampoco es necesario convertir las vacaciones en un periodo de restricciones. El objetivo es que los excesos sean excepcionales y no se conviertan en la norma.
«No se trata de prohibir ni de vivir las vacaciones con restricciones. Se trata de mantener un equilibrio. Disfrutar de un aperitivo o de una comida especial forma parte del verano, pero cuando el exceso se convierte en hábito, el intestino acaba pasándonos factura», concluye la doctora Malena García Arredondo.
Y hay una última consideración importante: si la hinchazón, el dolor abdominal, los cambios persistentes en las deposiciones, la pérdida de peso inexplicada, los vómitos o la sangre en las heces aparecen o se mantienen, no deben atribuirse simplemente al calor o a una mala alimentación y conviene consultar con un profesional sanitario.
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