
Redacción | Carlos Díaz
El primer día de trabajo después de las vacaciones suele plantearse como una prueba de voluntad: abrir el correo, responder mensajes, recuperar las tareas pendientes y demostrar que el descanso no ha dejado ninguna secuela. El problema es que el cerebro no funciona con ese calendario.
Después de varias semanas con menos obligaciones, menos decisiones y menos necesidad de mantener la atención durante horas, la vuelta a la rutina supone un cambio brusco. No es extraño que durante los primeros días cueste concentrarse, organizar una lista de tareas o simplemente recordar qué se estaba haciendo antes de que llegaran las vacaciones.
La neuropsicología explica que se trata, en buena medida, de un periodo de readaptación cognitiva. Durante el descanso disminuye la exigencia sobre algunas funciones que utilizamos de forma constante en el trabajo: atención sostenida, planificación, memoria de trabajo, toma de decisiones o capacidad para cambiar rápidamente de una tarea a otra.
Cuando esas demandas regresan de golpe, el cerebro necesita recuperar progresivamente su ritmo. El proceso puede durar entre una y tres semanas, aunque no existe un plazo idéntico para todo el mundo.
«Muchas personas interpretan estas dificultades como una falta de motivación o de rendimiento, cuando en realidad forman parte de un proceso normal de adaptación del cerebro a un aumento repentino de las demandas cognitivas», explica la neuropsicóloga de NeuronUP Valeria Medina.
No es que hayas perdido las ganas de trabajar
La etiqueta de «síndrome postvacacional» se ha instalado en el lenguaje cotidiano, pero conviene ponerle límites. No existe como diagnóstico clínico reconocido.
Lo que sí puede aparecer después de las vacaciones es un conjunto de molestias transitorias: cansancio, irritabilidad, apatía, cierta ansiedad o problemas para concentrarse. En la mayoría de los casos disminuyen a medida que se recuperan los horarios y la carga habitual de trabajo.
La situación cambia cuando el malestar no desaparece después de varias semanas o empieza a interferir seriamente en el sueño, el trabajo o las relaciones personales. En esos casos, conviene no atribuirlo automáticamente a la vuelta de vacaciones. Puede ser necesario valorar si detrás existe ansiedad, depresión, agotamiento laboral o algún trastorno de adaptación.
El correo electrónico puede esperar
Uno de los peores planes para el primer día consiste en intentar recuperar de golpe todo lo que quedó pendiente durante las vacaciones.
La tentación es conocida: abrir el correo y contestar uno tras otro los mensajes acumulados, llenar la agenda de reuniones, saltar continuamente entre tareas y prolongar la jornada hasta conseguir la sensación de que todo vuelve a estar bajo control.
El resultado puede ser justamente el contrario. La multitarea, las interrupciones constantes y una agenda saturada aumentan la carga cognitiva en un momento en el que el cerebro todavía está recuperando su capacidad de organización.
Una estrategia más razonable consiste en utilizar la primera jornada para saber qué ha ocurrido mientras estábamos fuera, ordenar los asuntos pendientes y separar lo urgente de lo importante. No todo lo que aparece en una bandeja de entrada necesita una respuesta inmediata.
También puede ayudar trabajar durante periodos concretos sin interrupciones, reducir el cambio permanente entre tareas y recuperar las pausas que suelen desaparecer cuando se intenta «ponerse al día».

La vuelta puede empezar antes de volver
El problema tampoco comienza necesariamente cuando se ficha de nuevo. Para algunas personas, empieza varios días antes, cuando las vacaciones se convierten en una cuenta atrás.
Pensar en los correos acumulados, los problemas pendientes o las reuniones de septiembre puede activar una respuesta de anticipación que aumenta la tensión y dificulta el descanso. El resultado es paradójico: todavía estamos de vacaciones, pero mentalmente ya hemos regresado al trabajo.
Por eso, la transición resulta más sencilla cuando no se produce de un día para otro. Recuperar progresivamente los horarios de sueño, mantener cierta actividad física y conservar durante los primeros días alguna actividad agradable fuera del trabajo puede ayudar a reducir el contraste entre vacaciones y rutina.
No se trata de prolongar indefinidamente la adaptación ni de convertir la vuelta en un proceso terapéutico. Se trata, simplemente, de asumir que el cerebro tampoco pulsa un interruptor cuando terminan las vacaciones.
La primera semana puede requerir más esfuerzo para hacer cosas que antes del verano parecían automáticas. La concentración puede tardar algo más en aparecer y una jornada aparentemente normal puede resultar más agotadora.
La respuesta no tiene por qué ser trabajar más. En muchos casos, es hacer algo bastante menos heroico: volver de forma gradual, ordenar las prioridades y aceptar que recuperar el ritmo también forma parte del trabajo.
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