A.I. | vigoalminuto
La presa de Eiras no superaba el 44,65% de su capacidad hace una semana, según el último informe de Augas de Galicia disponible para este análisis. El embalse almacenaba 9,90 hectómetros cúbicos de los 22,17 que puede contener. El dato, por sí solo, quizá no diga demasiado. La comparación con los años anteriores ayuda a entender la dimensión del problema: en estas mismas fechas estaba al 50,22% en 2025 y superaba el 77% en 2024.
La diferencia es considerable. Vigo y su área afrontan un otoño con unas reservas muy inferiores a las de hace dos años y con la incertidumbre añadida de no saber cuándo llegarán las lluvias capaces de frenar el descenso. Hace apenas un mes, Eiras se encontraba al 56,61%. En unos 30 días ha perdido casi 12 puntos porcentuales de su capacidad.
La cuestión ya no consiste únicamente en cuánto agua queda, sino en cuánto tiempo puede sostenerse el abastecimiento si no llueve y se mantiene el consumo actual. Las estimaciones que se han puesto sobre la mesa tampoco coinciden: el alcalde, Abel Caballero, ha hablado de unos 50 días de agua disponible, mientras que la Xunta sitúa el horizonte hacia finales de año. Los cálculos basados en la evolución del consumo apuntan, en cambio, a que las reservas podrían prolongarse hasta la primera semana de 2027 si no se producen precipitaciones.
Estas previsiones no son equivalentes ni constituyen una fecha garantizada. Dependen del consumo, de las aportaciones al embalse y de la capacidad de reducir la demanda. Pero todas apuntan a una misma conclusión: el margen para esperar sin adoptar nuevas medidas se estrecha.
La lluvia, primera esperanza para frenar el descenso
La previsión meteorológica abre una brecha de tranquilidad. Los pronósticos apuntan a un aumento de la nubosidad desde el martes 20 de octubre, con lluvias previstas para el miércoles 21 y una probabilidad del 90%. El viernes 23 podría repetirse el episodio, con un 80% de probabilidad, aunque las opciones de precipitación bajarían al 45% el sábado y al 55% el domingo 25.
La probabilidad de lluvia, sin embargo, no equivale a una garantía de recuperación de las reservas. Importan tanto la cantidad de agua que caiga como su distribución territorial, la intensidad del episodio y la capacidad del terreno y de los cauces para trasladarla hasta el embalse. Unas precipitaciones débiles o muy localizadas podrían aliviar la situación sin cambiar de forma sustancial la tendencia.
Por eso, confiar toda la respuesta a la llegada de un frente sería una estrategia arriesgada. Si las lluvias no se consolidan, los responsables públicos tendrían que valorar nuevas restricciones y acelerar las medidas que permitan reducir el consumo y evitar que se pierda agua antes de llegar a los hogares.
¿Qué es el caudal ecológico que Caballero quiere reducir?
En medio de este escenario, Abel Caballero ha reclamado reiteradamente que se reduzca el caudal ecológico del río Oitavén, una medida con la que pretende disponer de más agua para el abastecimiento. La propuesta abre un debate técnico y ambiental que no puede resolverse únicamente atendiendo al nivel de llenado de Eiras.
El caudal ecológico es el régimen de agua que debe mantenerse en un río para preservar su funcionamiento natural y evitar el deterioro de los ecosistemas acuáticos y de ribera. No se trata simplemente de una cantidad de agua que se deja pasar por una presa en lugar de almacenarla. Es una condición que permite mantener la vida piscícola, la vegetación de las márgenes y el equilibrio ecológico del cauce.
Su volumen no es necesariamente idéntico durante todo el año. Los regímenes de caudales se establecen atendiendo a las condiciones hidrológicas y ambientales, incluidos los cambios estacionales. Reducirlos puede tener consecuencias sobre el río, especialmente si el ecosistema ya soporta un periodo prolongado de escasez.
La normativa hidráulica española establece que los caudales ecológicos actúan, con carácter general, como una restricción previa a la asignación del agua para otros usos. El Reglamento del Dominio Público Hidráulico contempla excepciones, pero no permite convertir una reducción en una decisión automática ante cualquier descenso de las reservas.
¿Se puede reducir legalmente?
Sí, en determinadas circunstancias, pero no de cualquier manera. La normativa contempla la aplicación de regímenes menos exigentes en situaciones de sequía prolongada, conforme a las condiciones de planificación hidrológica. También establece una excepción vinculada al abastecimiento de las poblaciones cuando no exista una alternativa razonable para satisfacer esa necesidad, con las condiciones legales correspondientes.
Eso significa que la reducción del caudal ecológico no está absolutamente prohibida, pero tampoco puede justificarse sólo porque resulte conveniente para aumentar las reservas de una ciudad. Deben evaluarse las condiciones de la cuenca, la situación del abastecimiento, las alternativas disponibles y los requisitos legales y ambientales aplicables.
La pregunta, por tanto, no es únicamente si se puede reducir el caudal del Oitavén, sino si se dan las circunstancias que permitirían hacerlo y si antes se han adoptado medidas suficientes para contener la demanda y mejorar la eficiencia del sistema.
Con los datos disponibles no se puede afirmar que Vigo haya llegado ya al supuesto excepcional que permitiría justificar esa decisión. Tampoco sería prudente esperar a que el abastecimiento estuviese comprometido para empezar a actuar con mayor intensidad.
Las medidas de ahorro ya están activadas, pero hay margen para más
El Concello declaró la prealerta por sequía el 7 de julio, cuando Eiras todavía se encontraba al 86,7% de su capacidad. Desde entonces se pusieron en marcha medidas de ahorro y restricciones sobre usos no prioritarios del agua.
Entre ellas figuran la suspensión del baldeo de calles con agua potable, la reducción del riego de parques y zonas verdes, el cierre de fuentes ornamentales que no dispongan de circuito cerrado y la clausura de duchas en playas. También se establecieron restricciones para llenar piscinas particulares y lavar vehículos fuera de establecimientos autorizados.
Estas actuaciones constituyen un primer escalón, pero el descenso de las reservas obliga a comprobar su cumplimiento y evaluar si son suficientes. Si la situación empeora, el Ayuntamiento dispone de margen para reforzar las campañas de ahorro, ampliar las restricciones y trasladar a la ciudadanía la necesidad de reducir el consumo doméstico.
Hace unos días, Caballero remitió una carta a grandes empresas e industrias para pedirles que ahorren agua. La iniciativa tiene sentido, pero no debería ser la última medida de comunicación pública. Una campaña ciudadana clara, sostenida y acompañada de objetivos concretos podría ayudar a extender el ahorro a miles de hogares.
Ducharse durante menos tiempo, cerrar el grifo mientras se enjabonan las manos o se cepillan los dientes y utilizar lavadoras y lavavajillas con carga completa son gestos sencillos que reducen el consumo. Ninguno resolverá por sí solo una sequía de esta magnitud, pero su efecto agregado puede contribuir a ganar tiempo.
El mensaje, además, debe ser coherente: si se pide a los ciudadanos que reduzcan el consumo, las administraciones tienen que explicar qué medidas aplican en sus propias instalaciones y qué resultados están obteniendo.
El problema incómodo de las fugas
Hay otro frente que exige una respuesta más precisa: las pérdidas de agua en la red de abastecimiento. La conselleira de Medio Ambiente, Ángeles Vázquez, ha alertado de que Vigo pierde alrededor del 30% del agua, mientras que el Concello reduce esa estimación a poco más del 6%. La diferencia entre ambas cifras es demasiado importante como para dejarla en una disputa política.
Para saber cuánto margen de ahorro existe, hacen falta datos comparables, una metodología transparente y una explicación de qué mide cada porcentaje. No es lo mismo hablar de pérdidas físicas por roturas y filtraciones que de agua no registrada por otras causas. Sin esa información, resulta imposible determinar con rigor cuánto volumen podría recuperarse mediante reparaciones y mejoras de la red.
Pero la discrepancia no elimina la necesidad de actuar. Si existen fugas evitables, reducirlas permitiría aprovechar mejor el agua ya captada y tratada, sin aumentar la presión sobre el río. En un episodio de escasez, la eficiencia de la red es una parte central de la respuesta.
La prioridad debería ser localizar y reparar las pérdidas, publicar los datos de rendimiento del sistema y explicar qué objetivos de reducción se fija el Ayuntamiento. Antes de reclamar más agua de la cuenca, conviene conocer con precisión cuánta se pierde en el recorrido hasta los consumidores.
La referencia del 30% y la incertidumbre sobre la potabilidad
La evolución de Eiras plantea otra cuestión: qué ocurriría si las reservas siguiesen cayendo hasta aproximarse al 30% de su capacidad.
Hace aproximadamente una década, un informe advertía de que por debajo de ese umbral podría no garantizarse la potabilidad del agua. Aquella referencia debe interpretarse con cautela. Las condiciones técnicas han cambiado y Vigo dispone ahora de una nueva estación potabilizadora, pero eso no permite concluir, sin documentación actualizada, que el riesgo haya desaparecido.
El porcentaje de llenado de un embalse no determina por sí solo la calidad del agua que llega a los hogares. También influyen las características del agua captada, su evolución durante el episodio de sequía, los posibles cambios en la concentración de sustancias y la capacidad del sistema de tratamiento para mantener los parámetros exigidos.
La nueva potabilizadora puede mejorar la capacidad de tratamiento, pero no crea agua ni elimina automáticamente cualquier riesgo asociado a unas reservas cada vez menores. Para saber qué ocurriría al bajar del 30%, sería necesario disponer de una evaluación técnica actualizada que establezca los umbrales operativos y las medidas previstas para garantizar la calidad del suministro.
La cifra merece seguimiento, pero no debe presentarse como una frontera automática entre agua potable y no potable sin conocer el alcance y la vigencia del informe que la estableció.
¿Cuándo podría llegar esa línea roja?
La evolución del último mes permite hacer una proyección sencilla, aunque no una predicción segura. Eiras pasó del 56,61% al 44,65% en unos 30 días: una caída de casi 12 puntos porcentuales, equivalente a unos 0,4 puntos diarios de media.
Si el descenso se mantuviese a ese ritmo, el embalse tardaría aproximadamente cinco semanas más en bajar del 30%. Eso situaría el umbral en la segunda mitad de noviembre. Se trata de una extrapolación matemática, no de una previsión hidrológica: las lluvias, los cambios de consumo y las aportaciones al embalse pueden alterar esa trayectoria.
La diferencia importa porque el margen de actuación no debe calcularse únicamente a partir de una fecha estimada. Si la tendencia continúa, el Concello y la Xunta tendrán que intensificar las medidas antes de que las reservas se acerquen a niveles que compliquen la gestión del abastecimiento.
El debate sobre el caudal ecológico seguirá sobre la mesa, pero no debería ocultar el resto de las decisiones disponibles. Reducir consumos no prioritarios, promover el ahorro doméstico, mejorar la eficiencia de la red y ofrecer información periódica y verificable son actuaciones que pueden ponerse en marcha sin esperar a una decisión excepcional sobre el río.
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