Redacción | María L. García
Hay artistas que consiguen que una generación los recuerde y otros que logran algo más difícil: convertirse en parte de la memoria de varias generaciones. Juan Tamariz pertenecía a los segundos. Con una baraja entre las manos, sus gafas redondas, su melena y ese humor imprevisible que hacía imposible saber dónde terminaba el personaje y empezaba el mago, consiguió llevar la ilusión a millones de hogares españoles.
Tamariz ha muerto a los 83 años, según confirmó este martes su familia. Su hija Ana anunció la noticia en redes sociales con un mensaje de despedida en el que reivindicó tanto la figura de su padre como la dimensión de su legado: una vida dedicada a la magia y a compartirla con los demás.
«Con inmensa tristeza, hoy me despido de mi padre Juan Tamariz, una persona increíble, muy querida y admirada por todos», escribió Ana Tamariz, directora de una escuela de magia en Madrid. También agradeció el cariño recibido y la atención prestada a su padre durante sus últimos días por familiares, amigos, magos y profesionales sanitarios.
La capilla ardiente se instalará este miércoles en el Tanatorio de San Isidro, en Madrid. La familia prevé organizar además un gran homenaje público en octubre.
Una baraja como forma de entender la magia
Tamariz descubrió la magia cuando era niño, después de pedir a los Reyes Magos una caja de ilusionismo. Aquella fascinación infantil terminó convirtiéndose en una profesión, pero también en una forma de entender la relación entre el artista y el público.
Él prefería hablar de «juegos» antes que de trucos. «A mí me gusta más la palabra juego, porque truco suena a engaño», explicó en una entrevista. La precisión no era menor: Tamariz entendía la magia como una experiencia compartida, basada en la sorpresa, la imaginación y la complicidad con quien observa.
Su carrera comenzó a finales de los años sesenta y pronto encontró en la televisión un altavoz excepcional. Sus apariciones en Televisión Española, y especialmente su paso por programas como Un, dos, tres, lo convirtieron en un rostro familiar para millones de espectadores. Su particular estética —las gafas, la melena, la chistera en ocasiones— y su humor terminaron formando parte inseparable de su manera de hacer magia.
Pero reducir a Tamariz a un personaje televisivo sería quedarse en la superficie. Su prestigio entre los profesionales del ilusionismo alcanzó una dimensión internacional. En 1973 obtuvo en París el primer premio mundial de cartomagia, un reconocimiento que consolidó su posición como uno de los grandes especialistas de la disciplina.
El mago que también enseñó a otros magos
Su importancia no se limitó a los escenarios. Tamariz fue también investigador, teórico y maestro. Contribuyó a desarrollar una manera de entender la magia en la que la técnica debía estar al servicio de la experiencia del espectador. Su influencia alcanzó a generaciones de ilusionistas y ayudó a elevar la cartomagia desde el terreno del entretenimiento hacia una disciplina artística con sus propios códigos.
Ese legado explica que su nombre haya trascendido ampliamente las fronteras españolas. Tamariz fue reconocido por sus colegas internacionales y continuó siendo una referencia para los magos incluso cuando sus apariciones públicas fueron haciéndose menos frecuentes.
En España recibió numerosos reconocimientos, entre ellos la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes, concedida en 2010 y entregada al año siguiente. El galardón distinguía su contribución a la creación y difusión cultural.
Su trayectoria deja una paradoja propia de la magia: dedicó buena parte de su vida a engañar al ojo, pero nunca quiso engañar al espectador. Lo que buscaba era otra cosa: conseguir durante unos minutos que aceptara lo imposible.
Y lo consiguió. Primero con una baraja. Después delante de una cámara. Finalmente, en la memoria de varias generaciones.
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