María L. García | vigoalminuto
El alcalde de Vilagarcía de Arousa, Alberto Varela (PSOE), presentará este lunes una denuncia por la agresión que sufrió el sábado durante la celebración de un cumpleaños. Varela ha decidido hacer público lo ocurrido no sólo por la agresión física, sino por lo que considera un problema de fondo: la normalización del insulto y la violencia en el debate político.
Varela asegura que el episodio se produjo alrededor de las siete de la tarde, cuando se encontraba en el exterior del establecimiento: un vecino al que en alguna ocasión había tenido que expulsar de un pleno municipal se acercó y le dio dos palmadas en la espalda. Cuando el alcalde le pidió que parase, el hombre lo agarró por el cuello y comenzó a insultarlo.
Entre las expresiones que el alcalde atribuye al hombre están «rojos de mierda» o «iros de putas con Ábalos». Varias personas que se encontraban en la celebración intervinieron para separarlos. Varela avisó entonces a la Policía Local y a la Policía Nacional. Cuando los agentes llegaron al lugar, el hombre ya se había marchado, aunque está identificado.
El PSOE pide rebajar la confrontación
El secretario provincial del PSdeG en Pontevedra, David Regades, ha condenado tanto los insultos como la agresión sufrida por Varela y ha relacionado el episodio con lo que considera una creciente radicalización del discurso político.
Regades ha reclamado que exista un rechazo social inequívoco hacia este tipo de comportamientos y ha defendido que la política debe volver a centrarse en la confrontación de ideas y argumentos, no en la descalificación del adversario.
«Temos que argumentar, temos que ser capaces de xustificar o noso punto de vista, e non descalificar o noso opoñente», ha señalado. El dirigente socialista ha llamado también a preservar la convivencia y ha advertido de que la democracia «hai que coidala entre todos».
El episodio de Vilagarcía vuelve así a situar en primer plano una cuestión que trasciende al propio alcalde: hasta dónde puede llegar la confrontación política cuando el insulto deja de percibirse como una excepción y empieza a formar parte del paisaje cotidiano.
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