
Los microplásticos han invadido prácticamente todos los rincones del planeta. Se encuentran en océanos, ríos, suelos, alimentos e incluso en el organismo humano. Ahora, una investigación científica apunta a que estas diminutas partículas podrían estar desempeñando un papel clave en otro de los grandes desafíos del siglo XXI: la creciente resistencia de las bacterias a los antibióticos.
Así lo sostiene el investigador sénior del Institut Català de Recerca de l’Aigua (ICRA-CERCA), José Luis Balcázar, en un artículo publicado en la revista científica Applied and Environmental Microbiology. El trabajo analiza las evidencias acumuladas durante los últimos años sobre la posible conexión entre la contaminación por plásticos y la expansión de la resistencia antimicrobiana.
La resistencia a los antibióticos se produce cuando determinadas bacterias desarrollan mecanismos que les permiten sobrevivir a tratamientos diseñados para eliminarlas. Este fenómeno provoca que infecciones que hasta hace poco podían tratarse con relativa facilidad se vuelvan progresivamente más difíciles de combatir, aumentando el riesgo para la salud pública a escala global.
‘Plastifera’
Hasta ahora, gran parte de los esfuerzos para frenar este problema se habían centrado en el uso excesivo de antibióticos tanto en medicina humana como veterinaria. Sin embargo, la comunidad científica lleva años detectando que algunos factores ambientales también pueden contribuir a acelerar la aparición y propagación de bacterias resistentes.
Entre esos factores emergentes destacan los microplásticos. Cuando los residuos plásticos se degradan en el medio ambiente generan fragmentos microscópicos que sirven como superficie para que bacterias y otros microorganismos se adhieran y formen complejas comunidades biológicas. Este ecosistema, conocido como «plastisfera», se ha convertido en un foco de interés creciente para los investigadores.
«Durante años hemos estudiado la contaminación por plásticos y la resistencia a los antibióticos como problemas independientes. Sin embargo, las evidencias acumuladas muestran que ambos fenómenos están profundamente conectados», explica Balcázar. Según el investigador, estas partículas pueden crear entornos favorables para que las bacterias intercambien genes de resistencia y faciliten su dispersión por distintos ecosistemas.

«Puntos calientes» para las bacterias resistentes
Los estudios revisados muestran además que los microplásticos no actúan únicamente como soporte físico para los microorganismos. También tienen capacidad para acumular antibióticos, metales pesados y otros contaminantes presentes en el entorno. Esta combinación genera auténticos «puntos calientes» donde las bacterias resistentes encuentran condiciones especialmente favorables para sobrevivir y multiplicarse.
La preocupación aumenta con los nanoplásticos, partículas todavía más pequeñas que los microplásticos y capaces de interactuar de forma más intensa con los microorganismos. Algunas investigaciones recientes sugieren que estos materiales pueden favorecer mecanismos biológicos que incrementan el intercambio de información genética entre bacterias, acelerando así la propagación de genes de resistencia.
También los plásticos biodegradables
Otro de los aspectos que llama la atención de los investigadores es el papel de los plásticos biodegradables. Aunque habitualmente se presentan como una alternativa más respetuosa con el medio ambiente, algunos estudios indican que también podrían favorecer el crecimiento de determinadas comunidades microbianas y la circulación de genes resistentes, lo que obliga a evaluar con mayor profundidad sus posibles consecuencias ecológicas.
«Los microplásticos no son únicamente residuos que se acumulan en los ecosistemas. También pueden modificar la forma en que las comunidades microbianas evolucionan e intercambian información genética», señala Balcázar. A su juicio, comprender estos procesos será esencial para diseñar estrategias eficaces frente a la creciente amenaza de la resistencia antimicrobiana.
Los autores concluyen que la contaminación por plásticos y la resistencia a los antibióticos ya no pueden abordarse como problemas aislados. Integrar el estudio de los microplásticos en los programas de vigilancia ambiental y en las estrategias One Health —que conectan la salud humana, animal y ambiental— podría resultar fundamental para entender cómo se propagan las bacterias resistentes y para desarrollar medidas que permitan reducir su impacto sobre la sociedad.
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