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JUAN MANUEL VIDAL */ “Las promesas, entre caballeros, son deudas; entre políticos, son cebos”. Esta frase, que le atribuyen a un casi desconocido escrito francés del Romanticismo, Achile Tournier, resume con precisión quirúrgica lo que a continuación glosaremos: las promesas electorales. Su oportunismo, su coste, su abuso, su falsedad, su incumplimiento tienen un doble objetivo: atraer la atención del votante y distraerla de otros aspectos mundanos.

Glosaba tiempo ha el periodista José María Brunet, en el diario La Vanguardia de Barcelona, el manejo político de las inauguraciones, como mal que aquejaba a muchos países. En Italia se supo el caso de un político que llegó a un pueblo a inaugurar un puente y la gente le dijo que no tenían río. Acto seguido, les prometió un río. ¿No han oído leyendas similares en España?

Fue el viejo profesor, D. Enrique Tierno, quien no tuvo reparo alguno en reconocer que “los programas electorales están para incumplirlos”, porque el fin primero y último de todo programa de actuaciones a desarrollar durante el periodo de gobernanza es mostrar las pretensiones políticas para captar el voto ciudadano en los previos al paso por las urnas.

Sin embargo, dichas promesas no siempre pueden llevarse a cabo: bien porque no hay tiempo; no hay presupuesto; saben perfectamente de su imposibilidad manifiesta; o porque solo eran un globo sonda para palpar el sentir urbano… Sea como fuere, las promesas se usan y abusan para atraer la atención sobre cierta tendencia y desvirtuar las propuestas de los rivales.

Para quedar por delante

A veces, en ese dislate creciente por prometer más que el contrario, como si de una puja se tratara, los ciudadanos asistimos impertérritos a una subasta sin cuartel por ver quién se compromete más. Luego basta con no cumplirlo, reordenar el mapa de ideas o conceptos puestos sobre el crisol de la opinión pública, y “donde dije digo, digo diego” o “tal vez no nos supimos explicar”.

También el miedo guarda la viña de muchos titulares de plaza que, viendo las orejas al lobo, abren la caja de Pandora y resucitan viejas tensiones, juicios mal cerrados o acusaciones directas de gestión negligente en la matriz política, entre otros asuntos.

Hay otros más generosos que dilapidan el poco caudal existente, ignorando crisis y miseria, con tal de “mantenerse en el machito” y plantan árboles, asfaltan calles, ponen bancos, arreglan farolas y sacan a sus ángeles azules a la calle para dar sensación de control. ¡Ah, y besan niños y ancianos!

Aunque lo peor con diferencia es la aplicación de medidas impositivas que nunca antes fueron avisadas, porque el nudo aprieta mucho y, antes que reconocer el error en el derroche, se aplica la oportuna tasa que ya se justificará en aras al bienestar colectivo.

No quiero olvidar a los cautos que solo prometen lo que pueden cumplir, sin “echar las campanas al vuelo”, sin abusar del recurso al patrimonio colectivo para su propio lucro, vía corruptelas, concesiones interesadas, sino que son consecuentes y “llaman al pan, pan, y al vino vino”.

Tampoco me puedo permitir el lujo de olvidar a esos políticos de perfil bajo, que hacen de la política su vocación y a la que se entregan por completo, que viven el día a día de sus vecinos, que se remangan como uno más para ayudar y que si prometen una fuente, la hacen ellos mismos, pero son una especie en peligro de extinción.

A las urnas

El próximo 22 de mayo hay convocatoria en las urnas, llamada que abarca a todos los municipios de España y algunas Comunidades Autónomas, es decir, se pide hacer una lectura en términos locales y regionales, porque afecta a los intereses más directos del votante.

El problema es que la memoria es muy selectiva y tiende a olvidar lo que se dijo en primera instancia, salvo que su repercusión haya resultado especialmente lesiva para el conjunto de los ciudadanos, que no son tontos, ni se dejan engañar por el circo mediático de los estrenos de urgencia que dejan hospitales a medio hacer, museos sin fondos o bibliotecas sin libros.

Pronto sabremos si el desencanto de la mayoría silenciosa participa en las próximas elecciones en forma de abstención o, lo que es mucho peor aún, con el voto en blanco, que denota malestar, cabreo y castigo. Y digo en blanco porque las alternativas no superan la mediocridad de los grandes, y digo castigo porque conlleva la participación implícita y malhumorada de quien así procede.

Desde Europa se vuelve a insistir en un ajuste más duro en política loco-regional, léase, supresión de Consistorios e incluso de Comunidades nada históricas sino mas bien histéricas y un cambio de la ley de Cajas, y todo ello para evitar el dispendio en forma de sueldos estratosféricos o créditos a fondo perdido para ayuntamientos afines.

Esta profunda crisis económica que estrangula a Occidente, nos ha tocado de lleno a casi todos, de una manera u otra y, lo que se dijo desde arriba, se ha filtrado y afectado gravemente a los capas inferiores. Francamente no creo que el pueblo se abstraiga a la hora de votar, por más recursos de prestidigitación, ni malabarismos sucesorios que se empleen hábilmente para distraerle.

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