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Ya huele a elecciones

El autor evalúa la distancia entre el pueblo llano y los políticos ante un proceso electoral.

Foto: Gonzalo Baraja.
Foto: Gonzalo Baraja.

JUAN MANUEL VIDAL*/ El 22 de mayo será el día de los Faustinos, Timoteos, Joaquinas, Ritas y Quiterias. Se conmemorarán la muerte de Constantino I el Grande, la real orden de Carlos I que mandó remediar las crueldades que se cometían en las Indias, la proclamación de la primera libertad religiosa, el triunfo que consagraba a Ángel Nieto como campeón del mundo de 50 cc, el reconocimiento por real decreto del gobierno español del derecho a la huelga, aunque con carácter restringido, y más recientemente la boda pasada por agua del heredero a la corona española.

Pero no, ninguno de estos motivos atrae nuestra atención tanto como lo que ocurrirá, antes, durante y, sobre todo, después del 22 de mayo de 2011. Y todo porque ese día estamos llamados a las urnas en las elecciones municipales para toda España y autonómicas en algunas regiones del país. Convendría no olvidar que el 22M se dilucida un buen pellizco del presupuesto y que a fin de cuentas son las elecciones de proximidad, cercanía, accesibilidad, participación directa, etc. Sin embargo, dichos comicios son leídos en clave nacional, como plebiscito que refrende o refute  al presidente del gobierno, el cual no se presenta. Pero tampoco este es hoy nuestro motivo concreto.

Lo que nos apetece comentar es toda la parafernalia que rodea al proceso. Cuando se convocan elecciones, como por arte de magia, los políticos bajan de sus púlpitos etéreos y aceptan el contacto con el pueblo llano. Es entonces cuando vemos esas imágenes tan curiosas en las que nuestros líderes besan ancianos, mujeres y niños, estrechan manos de trabajadores, se hacen fotos y firman autógrafos para fetichistas del recuerdo, conceden entrevistas, toman refrescos en bares, compran el pan… ¡Vamos, como si fueran ciudadanos corrientes y molientes!

Es entonces cuando la gente de la calle puede reconocerles sus méritos o reprocharles sus deméritos, señalarles la zanja que nadie cierra o la farola que nadie enciende, la pensión que no le da, etc. Hasta ahí los políticos llevan la lección aprendida. Saben sonreír, abrazar, besar y estrechar, pues lo llevan en un guión bien desglosado. Lo que no puede soportar un político profesional es que le pregunten por las cosas mundanas, esas que están fuera de guión.

Es entonces cuando se encienden las alarmas. El burócrata empieza a sudar la gota gorda, le aprieta la corbata, le asfixia el cinturón, le oprimen los zapatos tras haber pateado la ciudad sitiada que recorremos los demás… e incluso se sonrojan cuando aguantan la mofa general que causan sus respuestas, que hasta un niño de barrio podría responder de forma positiva sin tanto reparo.

Así sucedió el 28 de marzo de 2007 cuando le preguntaron a ZP “cuánto costaba un café” durante un programa de la televisión nacional, que presume de no “controlar” sus contenidos, si bien debieron de pensar que era una pregunta ingenua. Pero nadie imaginaba que una aparente minucia” diera lugar a múltiples chanzas entre la ciudadanía, porque nuestro presidente creía que el precio era “el del siglo pasado”, al tasarlo en 80 ridículos céntimos, cuando todo usuario que “vive la calle” sabe que es raro que baje de 1,50€ y de ahí para arriba.

Parecido rubor produjo más recientemente el líder de la oposición, el 14 de febrero de 2011, San Valentín, esta vez en un programa de radio muy desenfadado y bastante popular, respondiendo a preguntas que le formulaban unos niños, al afirmar que ni cocina ni hace la cama y le cuesta ayudar a sus hijos con los deberes de matemáticas y que si llega a casa enfadado duerme “muy bien”, pues no le cuesta “desconectar” de los problemas gracias a que aprendió a hacerlo cuando estaba estudiando las oposiciones. Pues debe ser el único, porque raro es aquel/la que no tiene duermevela un día de disgusto o que aparca las preocupaciones de lo cotidiano.

En ambos casos la gente de la calle pone en sendos compromisos a los enaltecidos líderes, el campeón y el aspirante, el presidente y el líder de la Oposición, que muestran la enorme distancia entre los dos mundos, el real, el que se masca a pie de obra, y el que se contempla desde el monte Olimpo que son el Congreso y el Senado.

Tal vez sean la cara opuesta de una moneda que nos retrata a los demás por el envés, pero dan muy poca confianza unos políticos que no saben ni lo básico y presumen de conocer las necesidades del pueblo. Sin embargo emulan a los próceres y prebostes del Despotismo Ilustrado al prescindir de su opinión hasta en las leyes más insignificantes e insultan la inteligencia del ciudadano medio al ignorar realidades cotidianas como el precio de las cosas o las labores del hogar.

Sinceramente no creo que nadie opine que los políticos son cercanos, que escuchan al pueblo, que responden a sus demandas y necesidades. Conste que hemos hablado de los dos líderes más representativos, de los que no se presentan el 22 de mayo, pero miedo me da constatar cómo muchos de los candidatos son puestos a dedo para satisfacer “a las familias” o grupos de poder de cada partido sin ni siquiera conocer la idiosincrasia de la localidad o región, solo porque queda bien o porque tiene presunto tirón electoral, como pretendieron en Ferraz con Trinidad Jiménez.

La ciudadanía no es tonta y aunque crean que se la puede engañar, se hace bueno aquel célebre aforismo de Abraham Lincoln, según la cual “se puede engañar a todos poco tiempo, se puede engañar a algunos todo el tiempo, pero no se puede engañar a todos todo el tiempo”. De lo que se deduzca a partir del 22 de mayo… pues ya lo hablaremos el 23M.

*Juan Manuel Vidal es sociólogo y periodista

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